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IVANA COSTA
Artículo editado por Ñ revista de Cultura del diario Clarín. Nº 304. 25/07/2009. Buenos Aires, Argentina.


¿Qué celebra el año de la Astronomía? La fabricación del telescopio por Galileo Galilei y su empleo hace 400 años, para “descubrir las lunas del planeta Júpiter”. Con ellas daría luego Galileo una nueva confirmación a la hipótesis del heliocentrismo de Copérnico, por la cual fue severamente condenado por la Inquisición.

El año 2009 se ha denominado el Año de la Astronomía. Los cultores de la sospecha dirán que esta decisión de la Unesco esconde sutil artimaña (¿comercial? ¿epistémica?) análoga a la que estableció, de una vez y para siempre, el día de la Madre, el día del Padre, etcétera. Si al fin y al cabo "todos los días son el día de la madre...", y de manera similar todos los días, desde que habitan la Tierra, los hombres han dirigido la vista al cielo con admiración y ansias de saber; con veneración o temor, por puro placer, para hallar inspiración poética o calcular futuras ganancias... ¿Cuál sería la diferencia, este año? Un importante aniversario: los 400 años que nos separan del telescopio que confeccionó Galileo Galilei -basándose en otro, hecho en Holanda-, y con el cual, en enero de 1610, vio las cuatro lunas de Júpiter.
Esta definición no parece llevarnos demasiado lejos de la imagen cristalizada que históricamente se ha tenido de los astrónomos: gente que vive "mirando la Luna" y cuyas observaciones resultan ajenas a la vida práctica. Esta mala fama acompaña a la astronomía desde que nació. De Tales, uno de los "siete sabios" de la antigua Grecia, a quien se adjudica la predicción de un eclipse en el año 585 AC, se reía una joven esclava oriunda de Tracia. Al parecer, Tales se había caído en un pozo, y la chica se burlaba porque, de tanto mirar las estrellas, él no veía ni lo que tenía debajo de los pies. La misma burla, socarrona y un poco deshonesta, no ha sido por eso menos eficaz, y ha acompañado a muchos hombres de ciencia. Y resulta que Tales, además de astrónomo, fue considerado ya por Aristóteles el primer filósofo, es decir, el primero que buscó razones "científicas" de los fenómenos que quería explicar, y desestimó, a diferencia de sus antecesores, las explicaciones mitológicas. De modo que la burla de la chica tracia abarca tanto al astrónomo como al filósofo. Al que "mira la Luna" y al que elabora teorías alejadas de la vida práctica. Esta anécdota tuvo fuerte impacto en la historia del pensamiento; al punto que el filósofo alemán Hans Blumenberg teje alrededor de ella su precioso ensayo sobre la historia del concepto de teoría en Occidente (ensayo que tituló "La risa de la muchacha tracia"). Es que la anécdota resume la tensión que existe en el interior de nuestra idea de teorizar entre la experiencia concreta y la especulación abstracta. "Teorizar" en griego se dice theoreín. Este verbo, antes de emplearse para referirse al "hacer teoría" se empleaba ya para referirse al "contemplar"; theoreín se usaba, en la antigua Grecia, tanto para referir la acción de quien contempla u observa una pieza teatral, como para quien elabora una teoría sobre el origen de la materia, o para el viajero que recorre el mundo para aprender de las costumbres de los demás. De modo que ambas actividades, la observación "directa" y la especulación "abstracta", de las que se "acusa" a los astrónomos vienen a coincidir en el origen del concepto de teoría.

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Esto nos vuelve al Año de la Astronomía, que evoca no sólo al telescopio sino también al penoso e irritante juicio que llevó a cabo la Iglesia contra Galilei, en el siglo XVI. Como se sabe, tras los dos interrogatorios de la Inquisición, se condenó a Galileo a silenciar su adhesión al modelo astronómico de Copérnico, el que ponía al Sol, y no a la Tierra, en el centro del cosmos. Pero sobre todo, se lo condenaba a callar las razones que tenía para adherir a tal teoría. Razones que provenían de las observaciones que había hecho con el telescopio, del "descubrimiento" de las lunas de Júpiter ( así como la observación de tres cometas que surcaron el cielo de Italia hacia fines de 1618 ), y del heliocentrismo que estos hallazgos venían a confirmarle. En su momento, tanto los jesuitas -que inicialmente recibieron con gran halago a Galileo pero luego no le dieron su apoyo frente al tribunal inquisitorial- como muchos otros de sus detractores también llegaron a ver las lunas de Júpiter por el telescopio de Galileo o por otros que comenzaron a fabricarse ad hoc. Pero interpretaban esas observaciones de un modo radicalmente diverso.

Frente a la visión de esas lunas, los rivales de Galileo decían que ellas no necesariamente probaban que los astros giran alrededor del Sol. Al contrario, siguiendo la propuesta de Tycho Brahe -una compleja solución de continuidad con el geocentrismo, en el fondo incoherente, que procuraba "salvar las apariencias"-, afirmaban que, aunque la vista indica que hay muchos astros que no giran alrededor de la Tierra, el conjunto -es decir el Sol y todos los planetas, incluyendo a Júpiter con sus lunas- gira inexorablemente alrededor de la Tierra. Por su parte, Galileo tampoco interpretó de inmediato el sentido de los astros que de pronto se aparecían a su vista gracias al telescopio y a los que llamó primero Planetas Medíceos (en honor a su mecenas Cosme de Médicis). Fue un proceso arduo y muy apasionante el que llevó a Galileo a descifrar esos datos de la observación y a interpretarlos en un cierto marco conceptual, tomándolos como hechos que probaban la hipótesis heliocéntrica. En ese proceso ganó amigos y enemigos. En una carta de Galileo a Kepler, quien le pedía un testimonio en apoyo de sus descubrimientos, Galileo le escribió, en agosto de 1610: "Te doy las gracias porque eres el primero y casi el único en aceptar mis afirmaciones".

En otra carta, en diciembre de 1610, Galileo contaba a su amigo Paolo Gualdo sobre las observaciones que los jesuitas habían hecho de las lunas de Júpiter y sobre las "prédicas con conceptos muy graciosos" con las cuales buscan interpretarlas, aunque advertía: "No confío en poder vencer a algunos de estos filósofos o, mejor dicho, no creo que me vaya a ser fácil..." También se refería cáusticamente Galileo a un rival, que se había negado a mirar por el telescopio: "Ha muerto en Pisa el filósofo Libri, acérrimo impugnador de estas fruslerías mías quien, no habiéndolas querido ver en la Tierra, quizás las vea al irse al cielo".

Todo ese período de la historia de la ciencia se puede leer como una novela de suspenso apasionante. Y en ella sobresale el sentido del humor de algunos escritos de Kepler y sobre todo la aguda ironía de Galileo, la fina pluma dedicada a aplastar la obcecación de ciertas mentes que cerraban filas con el aristotelismo dominante, aunque era evidente que estaba siendo resquebrajado por las visiones que traía el telescopio.

Se sabe que Kepler, quien venía bregando por la adopción del modelo copernicano antes que Galileo, apenas se enteró del telescopio, galileano, intentó perfeccionarlo y aportó renovados estudios de óptica. Es que gracias al telescopio, el cielo que miraban Galileo y sus contemporáneos ya no era el mismo que habían visto los chinos (que imaginaban a la Tierra como una naranja colgando de la estrella polar) ni el de los egipcios ni el de los aztecas (que pensaban el cosmos como un conjunto de cuatro órbitas solares concéntricas alrededor de Tonatiuh). No era el cielo que describe Homero en la Odisea, a veces con una precisión tan exquisita que llevó a estudiar la inspiración astronómica de la aventura de Ulises. Ni las esferas en el firmamento de la Divina Comedia de Dante.

Las nuevas observaciones que la invención técnica permitía alcanzar convertían ese viejo paisaje de "estrellas fijas" en una enciclopedia maravillosa, en la que todo está por aprenderse. Y muchos astrónomos del siglo XVI creyeron que el código para leer sus páginas era la matemática, por economía, exactitud y simplicidad. Galileo lo dice en un pasaje de El Ensayador: "La filosofía está escrita en ese grandísimo libro que tenemos abierto ante los ojos; me refiero al universo. Pero no se lo puede entender si no se aprende a entender la lengua, a conocer los caracteres en los que está escrito. Está escrito en lengua matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender ni una palabra. Sin ellos, es como girar vanamente en un oscuro laberinto."

Este año, entonces, aunque la excusa sea el telescopio, se celebra algo más que el telescopio. Porque no fue él solo artífice de aquella revolución teórica, que se convirtió además en ejemplo paradigmático para todas las ciencias. Mediante una paciente combinación de inventiva, gran pericia técnica (incluso manual) y la confianza en ambas, observación e interpretación capaz de descifrar "datos" y convertirlos en "teoría", Galileo, Kepler y otros mostraron cómo es posible hacer estallar nuestra concepción del mundo y poner una nueva en su lugar.

Uno de los puntos más interesantes del Año de la Astronomía es que permite poner en balanza la importancia que tuvieron en la "revolución copernicana" los distintos factores heurísticos. El telescopio y en general el avance de la técnica, la crisis del aristotelismo medieval (y de su metafísica implícita), la revaloración del empirismo, y también los poderosos efectos del "descubrimiento" de América.

Es que, como señala José Gaos en su Historia de nuestra idea del mundo, la noción de la Tierra es triple, pues abarca 1) la idea de su forma general, incluyendo la distribución de la humanidad en ella; 2) la de su situación en el mundo natural, y 3) la de su relación con el mundo sobrenatural. En este sentido, el viaje de Colón, en 1492, había reabierto la puerta a la idea de lo desconocido.

Desde esa perspectiva, la idea de América es también relevante para los debates en el Año de la Astronomía. No casualmente, varias veces a lo largo de su elogiosa respuesta al Mensaje sideral de Galileo, Kepler alude a Colón, Magallanes y Vespucio, a quienes considera como motores de la ciencia, al nivel de sus admirados Platón, Pitágoras o Euclides. En su Conversación con el Mensajero sideral, Kepler compara a Galileo con los más grandes "mensajeros" de todos los tiempos; los que "se adelantan a los sentidos con la razón". Allí escribe: "¿Quién no celebra la fábula de Platón sobre la Atlántida, la de Plutarco sobre las doradas islas más allá de Tule, o los versos agoreros de Séneca sobre el descubrimiento de un nuevo orbe, una vez que nos ha sido ofrecido por ese argonauta florentino (Vespucio)? El propio Colón hace dudar a sus lectores de si admirar más su ingenio al conjeturar la existencia del nuevo orbe por el soplo de los vientos o el valor de enfrentarse a mares ignotos y a un inmenso océano, junto con la alegría de lograr lo que buscaba".
   
   

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