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Artículo editado en el Nº 7 de la revista Mercurio-3 (Abril 1988)

José María Moreno

«Mira dos veces para ver lo justo, no mires más que una vez para ver lo bello». «El paisaje es un estado del alma». Henri-Frédéric Amiel.

«El amor no es sólo un sentimiento, es también un arte». Honoré de Balzac

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Venus Afrodita diosa del amor y la voluptuosidad, reina de los placeres y de la más seductora belleza, expresa aquel poder de la vida que busca la unión de los contrarios por la vía de lo femenino: el ámbito del sentimiento humano. Hija del semen de Urano (Cielo) derramado sobre el mar, después de la castración del Cielo por su hijo Cronos, simboliza la fuerza irreprimible del sentimiento de atracción que la diosa enciende entre los vivos. Fuerza que puede abarcar desde la lujuria más salvaje hasta la ternura y calidez humana más sutil y exquisita.

En el ámbito de la relación interpersonal (Venus regente de Libra), uno de los dones más esplendorosos que Venus confiere es la capacidad de establecer un vínculo que, más allá de toda definición social del otro, tiene como fundamento el cariño. El cariño es el indicador del equilibrio y de la armonía lograda en una relación (Libra). Bajo sus efectos, la relación entre dos personas sufre un reajuste inmediato frente a cualquier proceso de desajuste. El equilibrio se refiere no a una ausencia de conflictos sino a una actitud que enmarca todo posible conflicto, neutraliza sus dimensiones estériles y le confiere una naturaleza integradora. El equilibrio es el arte de mantener una distancia cálida .y respetuosa de la individualidad del otro. Una distancia que no está reñida con la fusión amorosa pero que preserva a dos personas de perderse, de enajenarse frente a la presencia del otro. Ahí radica la armonía. El equilibrio nos recuerda al que se ha de lograr en la danza (exaltación de Venus en Piscis, regente de tal arte), una íntima comunión entre dos seres que permite a sus respectivos cuerpos (y almas) unirse bajo un fluir de movimientos que se interpenetran y que dependen uno de otro hasta el punto de lograr un sentimiento de unión total con el otro y con el mundo (la música y el ritmo que les acompaña).

El cariño es el fundamento de toda posibilidad de relación humana que se sitúe más allá de los intercambios utilitaristas e interesados que se dan entre las personas. Sin este vínculo es imposible el «ponerse en el lugar del otro», sentir que el otro te ocupa y preocupa hasta el punto de desear acogerlo en tu seno, que entra a formar parte de tu vida como alguien significativo. Este es el requisito indispensable para poder hablar de relación interpersonal.

\"\"Su regencia en Tauro, signo del goce sensual, permite suponer que la fuente de todo placer en la relación surge del mismo caudal. Encariñarse con alguien no significa querer poseerlo sino querer disfrutar con aquella persona, querer experimentar el placer de su presencia. Un placer sensual que no se agota en el intercambio de caricias corporales, sino que sin rechazarlo puede asumir formas sutiles y desencarnadas: por ejemplo el placer de mantener una conversación puede ser tan voluptuoso y sensual como el que involucra directamente al plano de las sensaciones físicas.

Encariñarse es no exprimir al otro, ni obligarle, ni exigirle. Es tratarle con cuidado y delicadeza. El cariño está reñido con los segundos propósitos o intenciones, con las exigencias y las imposiciones de cualquier tipo. Exige como requisito fundamental un respeto a la libertad del otro. Claro que dicho encariñarse no asegura la ausencia de conflictos. Venus necesita a Marte para lograr una correcta expresión. Si la persona no tiene una determinación a afirmarse como ser humano libre e independiente, si aún no ha realizado la batalla hacia la conquista de su individualidad, el cariño deviene dependencia; la reciprocidad, mutua esclavitud.

Sentir cariño por una persona es gozar en dejarle ser, aunque de ello se desprenda un perjuicio para mis necesidades y deseos personales. El cariño aporta la fuerza suficiente para realizar cualquier sacrificio de los propios intereses y, lo que es muy importante, sin caer en la tentación de creerse con el derecho de pedir algo a cambio.

El cariño es una de las manifestaciones más elevadas del alma. Convierte al otro en un ser único. Ser que me afecta e interesa vitalmente pues despierta mi adhesión y ternura pero que deja indemne la mutua independencia. Confiere alma a la relación y, a la vez, no resta la espontaneidad necesaria para que cada uno sea él mismo. El cariño nos hace abrir los brazos e incorporar algo que está más allá de nosotros mismos. Es el antídoto para el egoísmo y el aislamiento. En. la misma medida que crece la propia alma, crece la capacidad de encariñarnos con los demás. El alma se amplía e incorpora a todo aquel que la vida sitúa en mi camino.

Venerar, de Venus, significa postrarse, reverenciar y adorar algo que no es uno mismo. Pero no sólo se veneran las imágenes de un culto religioso, sino que en su acepción más original, se venera a alguien venerable, es decir, a todo aquel que despierta nuestra valoración, estima y respeto. Sólo se puede adorar lo divino, por tanto, depende de nuestra apertura y disposición a captar cómo se refleja lo eterno en el rostro de los demás el que seamos capaces de veneración auténtica: la que se dirige a la chispa de divinidad que cada uno de nosotros encarna.

\"\"Por otro lado, el cariño es una manifestación del alma que no se dirige ni se manifiesta exclusivamente entre los seres humanos. De nuevo, la regencia de Venus en Tauro nos sugiere que el cariño es un lazo que se puede entablar con todo un universo de realidades y objetos no humanos, físicos, naturales. Uno puede sentir cariño hacia los animales, ciertos lugares y determinados objetos. En realidad, uno puede fundar en el cariño la relación que sostiene con todo lo que le rodea. En nuestros contactos con el mundo el lazo del cariño vivifica la materia, le confiere alma. Un objeto respecto al que sentimos cariño, lo cuidamos, se convierte en algo especial, valioso. La abundancia y la riqueza que promete la diosa, que es capaz de hacer que broten flores allí donde deja la huella de su pisada, según relata el mito, no significa tanto la acumulación de objetos materiales (cosa tan frecuente en nuestra época y sociedad que no conoce otra concepción de la riqueza más que la cuantitativa), sino la capacidad de gozar y disfrutar de ellos. Para poder disfrutar de un objeto es necesario saber y poder valorarlo. Venus es el poder que confiere valor a las cosas, por tanto el goce no viene tanto de lo que poseemos como de nuestra capacidad de valorar y gozar con ello. Valorar algo no es determinar una tasa o canon económico, significa más bien apreciar, establecer juicios de apreciación en cuanto que se aplican a ciertos valores y esto constituye un proceso anímico que, en realidad no se puede controlar, algo en nosotros valora sin que nuestra voluntad pueda interferir. No se puede controlar, pero sí que se puede educar. Este es uno de los papeles del arte. La educación estética puede conducir a una persona a que desarrolle su capacidad de valorar y disfrutar un universo de sensaciones físicas y un mundo de objetos artísticos. El goce que se experimenta al oír música, al desarrollar una danza o contemplar una pintura, resulta de una extraña integración del plano material (sentidos) con el cultural o espiritual. De este modo, Venus, en su papel de ánima establece un puente entre el Cielo y la Tierra, conduce a la persona hacia el fondo espiritual que subyace a toda creación cultural y artística. Y a la vez, dota a los productos del espíritu de la necesaria belleza y armonía como para que nuestros sentidos palpiten y se estremezcan ante su presencia.

En última instancia, la capacidad de vibrar y responder frente a la belleza (natural o cultural) está en función del grado de armonía interna logrado. También la capacidad de observar el aspecto bello de la realidad, de descubrir la belleza en lo que nos rodea está, a su vez, en función de las transformaciones que la diosa haya producido en nuestra mirada. Por ello, es necesario escuchar sus requerimientos, por ello es imprescindible honrarla con nuestra disposición a descubrir sus huellas en nuestra vida.

   

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