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Juan Jacos.

Revista Símbolo. Diciembre 1990.

“En un principio hizo Dios el cielo y la tierra.
Y la Tierra era grande y desierta,
Y la oscuridad cubría el Abismo;
Y el Espíritu de Dios sobrevolaba el agua.”

(Génesis, 1, 1, 1-3)

Si bien la imagen del agua es en el relato bíblico de una recurrencia tan amplia y permanente que excede con mucho los límites impuestos a una simple charla, hemos elegido sin embargo, estas escuetas palabras para introducir nuestro tema. En ellas encontramos la presencia de la tierra aún vacía y estéril, y en contraposición con ella, el agua, fuente de vida a la que el espíritu de Dios ya ha hecho fértil desde los primeros instantes de la Creación, fertilidad que se ampliará y completará en las siguientes Jornadas.

Al examinar las más antiguas leyendas de la humanidad, encontramos en ellas el motivo dominante de los mitos del agua, entre ellos el relato de una catastrófica inundación que en los más remotos tiempos sumergió a toda la tierra, es decir que la leyenda del diluvio ocupa, sin duda, un primerísimo lugar; en todos los tiempos, hasta los últimos límites de nuestro horizonte histórico, dicho fenómeno ha exaltado al máximo la imaginación humana, despertando igual interés en los campos religiosos, científicos y artísticos.

La más antigua e históricamente documentada narración del tema, nos fue revelada en el año 1872 por unas pocas tabletas de escritura cuneiforme que contenían fragmentos del poema épico babilonio, también llamado leyenda del héroe solar Gilgamesh. (…)

Del más antiguo texto histórico sobre el tema, podría presumirse que el gran diluvio no es, a grandes rasgos, más que la representación de la muerte, a la que ningún hombre puede sustraerse, y que la muerte ha entrado en el mundo como consecuencia necesaria del pecado; tal creencia era común entre todos los pueblos primitivos, en cuyo espíritu estaba asimismo profundamente radicada la fe en la inmortalidad y en la resurrección. Por lo tanto, el verdadero significado del mito del diluvio consiste, tal vez, en designar a esta inmortalidad como el máximo bien. Como de un misterio, como de un secreto divino, habla Ut del diluvio. Hasta el gran diluvio de la muerte que parece destruir en un instante toda vida, revela su impotencia; una nueva tierra resurge tras él contra la que nada puede, ni contra el hombre ya hecho bueno y cuya verdadera naturaleza la constituye una esencia inmortal. El agua, base fluida de las cosas y altísimo elemento generador, es una mística trinidad de vida, muerte e inmortalidad, y así como para el hombre primitivo las transformaciones son sólo aparentes, así también la muerte se reduce a otra forma de la vida misma. Las aguas de la muerte rodean, de hecho, el país de los bienaventurados, los bosques de la inmortalidad. Ningún hombre puede escapar a la muerte; sin embargo, sólo la vida eterna constituye el ser verdadero.

En el contenido de las leyendas del diluvio, podemos distinguir dos grandes aspectos fundamentales. Para algunos, el gran diluvio es terrible castigo para la humanidad pecadora. Hombres y animales, todos los seres vivientes han sido formados desde largo tiempo y han poblado la tierra con sus multitudes. Por sus maldades, estos antiguos hombres son aniquilados y destruidos. Poquísimos de ellos han escapado al aniquilamiento universal y llegan a forjar la nueva humanidad por intercesión de una fuerza divina, a través de algún proceso más o menos artificioso. De otras leyendas, en cambio, nos viene el mito del gran diluvio como representación del origen de todas las cosas, es decir, como pura cosmogonía. En esta segunda versión, ningún anuncio de castigo y mucho menos de terribles luchas. Del caos original surgen por primera vez la tierra y el cielo. (…)

Mucho se ha escrito y disertado acerca de estas leyendas del diluvio, discutiendo sus posibles orígenes y sobre cómo ha sido posible que las mismas se difundiesen en casi todo el mundo, pero la creencia general era que se trataba de un único y exclusivo mito. En la Biblia el diluvio es esencialmente castigo divino por las culpas de los hombres, es decir que su significado es exclusivamente ético-moral, desapareciendo la particularidad de que aún no hubiesen sido creado los hombres. Aquí el relato no contiene características cosmogónicas, pues pertenece a una religión monoteísta en la cual domina la adoración a un único dios, que es espíritu. Una modera y científica explicación advierte, en cambio, la posibilidad de que también la versión bíblica del diluvio sea el recuerdo de un gran fenómeno natural de proporciones catastróficas ocurrido en el tiempo. Tal catástrofe habría podido así producirse en las más diversas regiones en algún momento de la historia, dando lugar a una misma tradición. Otros estudiosos opinan que la leyenda del diluvio tiene una fuente común en un suceso acaecido en las bajas planicies de la antigua Mongolia: al emigrar los pueblos nómades en diversas direcciones, llevaron consigo un recuerdo del horror y aniquilamiento.

Sin embargo, la creencia más difundida y aceptada insiste en reconocer en la leyenda un verdadero mito, es decir, una cosmogonía, una creación poética del espíritu humano. Diferenciar al mito del diluvio, en su sentido estricto, del mito cosmogónico del agua, es arduo trabajo. Este último es ciertamente preponderante y casi siempre la leyenda del diluvio se nos presenta como un cuadro del estado del mundo primitivo, una narración del primer estado de las cosas. Por eso opinamos que debe verse en el estricto significado de la leyenda del diluvio, tan sólo una desviación de la universal mitología cosmogónica. Todas las leyendas son narraciones de un mito del agua, extraordinariamente difundido en toda la tierra, que forma el núcleo y corazón de la concepción naturalista-mitológica del universo, como la tenía la humanidad primitiva, y que abarca una consideración espacialísima del mundo.

Las cosas han nacido del agua y la vida se ha formado en ella; también pueden proceder del fuego, del aire, de la tierra, de los animales, de las plantas y las piedras. Pero sobre los tres antiguos elementos, fuego, tierra y agua, se aventaja el agua en el concepto mitológico del universo, pues en forma absolutamente excepcional es ella elemento productor, creador y fecundo. Que el agua fuese la universal generatriz era la creencia más difundida y conocida. Vida es el agua no otra cosa. No es símbolo de vida, es vida verdadera, así como la vida es verdadera agua; el agua es fuerza vital, vehículo vital, elemento esenciadísimo de vida. Así como el catolicismo sostiene que la Hostia de la Cena es verdaderamente el cuerpo de Dios, mientras que la racional doctrina protestante opone que la misma es sólo un símbolo, así el hombre primitivo opone a nuestra ciencia racional que el agua está verdaderamente viva, y no debe ser interpretado en forma únicamente simbólica.

Pero si el agua es vida, también es muerte y principio de muerte para el hombre primitivo, y esta doble imagen y este doble lenguaje acompaña siempre las antiguas leyendas. El diluvio, gran agua de vida del que todo ha surgido, es asimismo agua de muerte que todo lo aniquila. El mito del diluvio es pues doble mito de vida y de muerte, de formación y de destrucción, una respuesta a la pregunta de cómo la vida se ha formado y de cómo la muerte ha venido sobre la tierra. (…)

El mito del agua es el mito de la selección de los hombre, de la diferenciación entre el bien y el mal; como una lucha entre hermanos enemigos, la lucha entre el agua de vida y la de muerte, así es representada la lucha entre dos opuestas especies humanas, entre hombres elegidos y hombres nefandos, entre quienes en las aguas debían perecer y quienes pueden lograr la salvación.

El mito del diluvio narra cómo es el hombre y cómo debería ser, por medio de confusas imágenes primitivas del hombre que ha existido y existe, y del otro hombre que aún no ha sido engendrado. Los héroes del diluvio no sólo deben salvarse de él, sino y sobre todo deben salvar el gran bien que poseen, su naturaleza proteica y su fuerza de metamorfosis. En la mitológica visión del mundo es ésta una capacidad de renovación y regeneración polimorfa eternamente agente. Para la concepción primitiva todo es animado, viviente, orgánico, y no existe materia que no sea vital y orgánica. El mito del diluvio trata de explicarnos cómo hombres que ya existen pueden y deben ser nuevamente creados y nos habla de un completo y grandiosos proceso de formación a través de luchas terribles. El mundo del caos se transforma en un mundo nuevo de orden y fertilidad, en nuestra tierra, tierra de hombres. En las aguas del caos se cumple la transformación de lo que es celestial en lo que es terrenal. Pero debemos tener en cuenta que lo celestial no es para la concepción primitiva prodigiosa esencia divina, sino por el contrario, algo incompleto e imperfecto, que sólo se completó al transformarse el hombre. Acto de civilización es pues la caída del agua caótica que se transforma en tal estado en agua terrestre; tal así mismo la caída del fuego que se vuelve fuego del hogar, tal la caída del dios-caos que se hace hombre, es decir, un ser mejor, más perfecto, que se civiliza y se hace culto. Así, pues, del gran diluvio se obtiene un gran beneficio: la formación de nuevas y mejores criaturas.

Pero tal beneficio se obtiene al precio de otras pérdidas. Al revestirse de su nuevo aspecto abandonaban las nuevas criaturas un bien altamente precioso e importante: la muerte entraba en el mundo. Los nuevos seres terrestres no poseían ya lo que habían poseído como seres antediluvianos, elementales, a pesar o tal vez debido precisamente a su naturaleza polimorfa: perdían su inmortalidad y toda virtud mágica, su naturaleza proteica y su perfecta capacidad de transformación. Las criaturas primitivas antediluvianas al hacerse hombres adquirieron formas más nobles en su metamorfosis corporal, pero perdieron la inmortalidad, la cual debe ser recuperada por medio de la resurrección espiritual; y así como las partes siguen encerrando al todo, su naturaleza humana encierra aún en sí la posibilidad de todas las formas que existen en el universo. Por lo tanto, también para el hombre primitivo ha sido la inmortalidad el máximo bien al que la humanidad puede aspirar, pero que sólo alcanza quien se reconoce en Dios y a Dios en sí; y que como tal, piensa y obra.

   

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