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Categoría: Artículos
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Amalia Ramírez

Artículo publicado por la revista española Eudemon Nº 9. Primavera 1996
Supongamos que todo empezó cuando el Uno se volvió sobre sí para iniciar la creación expandiendo su propia consciencia, y que entonces descendió desde la luz a la densa y oscura materia, la Magna Mater, la Tierra. Tal vez el inicio de su viaje tuvo lugar perdiéndose en el extremo más alejado del Universo recién estrenado, donde el olvido es el comienzo de la aventura.
Un hombre nace y la Luna guía sus paSupongamos que todo empezó cuando el Uno se volvió sobre sí para iniciar la creación expandiendo su propia sos por una eternidad, desde la sombra m& aacute;s profunda, el inconsciente absoluto, hasta los primeros rayos de luz del Sol que le da consciencia. Su hambre es saciada, su llanto calmado y sus necesidades cubiertas en el mundo de la polaridad. Aprende a discernir el bien del mal, el placer del dolor, la alegría de la tristeza, la confianza del miedo. Aprende que hay siempre dos caminos, y acaba descubriendo que puede elegir, y que cada elección implica siempre renunciar a una parte, como una bendición maldita en que la dualidad se reproduce una y otra vez hasta el infinito.
Siempre hay un camino que conduce a la oscuridad y otro que conduce a la luz y, sin embargo, a lo largo del recorrido siempre puede cambiar de decisión y transformar drásticamente el sentido de sus pasos. Sin embargo, nada es definitivo salvo el retorno a la Fuente, aunque a veces el viaje se haga extremadamente largo y cansado.
Tiene gracia la mala prensa que tiene el Ángel caído, cuando todos somos eso: á ngeles caídos. No es nuevo. Y por eso la materia, el reino del Diablo, no es nuestra gran enemiga, sino nuestra aliada en este viaje de exploración. Su densidad tapa la luz que somos, obligándonos así a hacer el esfuerzo de comprender, de saber, de conocer y de recordar quiénes somos. La tarea se lleva a cabo con la ayuda de la Luna y el Sol, ayuda que a veces se nos muestra como una trampa en la que los instintos y el ego nos imponen la necesidad de decidir, una vez más, el camino a tomar. Necesidades y deseos, vanidades y soberbias... el anhelo de brillar como el Sol, el miedo a no ser valorados ni reconocidos... Luna y Sol, Sol y Luna, el sueño y la realidad, la ilusión y la verdad.
Y así aprendemos a utilizar las herramientas de que disponemos: la mente, la comunicación y el movimiento, los afectos, el atractivo y el placer, la lucha, el esfuerzo y la acción. Mercurio, Venus y Marte nos salen al paso desde el principio y por ese mismo orden. Ellos representan los principios básicos de la triada mente, amor y acción. Son las tres patas en que se sostienen el banco en que nos sentamos, ni que decir tiene lo importante que es que desarrollemos los tres potenciales de manera equilibrada. Los tres planetas personales responden a unas necesidades que marca la Luna y, para que haya una auténtica dirección, deben conducirse hacia un propósito que nos muestra el Sol. Cuanto más elevado sea nuestro objetivo, tanto más diestros seremos en el manejo de las herramientas de que disponemos. Nuestro destino es evolucionar, crecer, retornar a la Luz que es nuestra verdadera naturaleza, y la Luna, fase a fase, nos va guiando hacia el Sol, y de su unión nacerá el ser que quedó escondido debajo de capas y capas de memorias olvidadas.
La Luna nos cuenta que palpitamos con el Universo, como el crecer y el menguar, como la noche y el día, como el respirar, como el latir de nuestro corazón, como los ciclos de la Vida. Ella nos dice que hay un tiempo para la expansión y un tiempo para la retracción. De ese ritmo depende nuestra integración en el mundo que nos rodea: compartimos un espacio con otros seres y descubrimos que hay un vaivén que nutre nuestro crecimiento. Júpiter y Saturno nos enseñan a establecer ese ritmo que es exclusivamente nuestro, diferente del de los demás y también en gran medida dependiente del suyo. Tenemos nuestro propio espacio, aunque a veces invadimos el espacio del vecino o nos dejamos invadir. Interactuando con el otro de ese modo vamos conociéndonos poco a poco. Dando y recibiendo nos damos cuenta de nuestro papel, y del modo en que nuestros valores inciden en nuestro entorno. En ese juego aprendemos a conocer nuestras limitaciones y potenciales que podemos desarrollar, y podemos aplicar una disciplina a aquella actividad con la que más disfrutamos para darle una utilidad social.
Y es entonces cuando estamos preparados para entrar en la dimensión de Urano, Neptuno y Plutón. De nuevo pasamos del dos al tres, de la duda a la creatividad, de la incertidumbre humana a la inspiración divina, una nueva oportunidad de volver al Uno.
A partir de aquí podemos dejar que nuestra chispa aventurera se expanda, viajando más allá de las fronteras de nuestra realidad. Es importante el ánimo con el que llegamos a esta etapa del camino, puesto que de ello dependerá la forma en que experimentaremos a estos tres planetas que transcienden a toda convención y razonamiento. A ellos sólo podemos llegar a través de la intuición, guiados por nuestro corazón que es el canal de nuestro espíritu. De lo contrario, los experimentaremos como algo extraño e incomprensible que "nos sucede", que viene a rompemos caprichosamente nuestra vida hecha de rutinas y hábitos que huyen de la incertidumbre de estar vivo. Y no es así, ni mucho menos. Estos planetas nos conectan con lo colectivo, con lo universal, y nos ponen ante la necesidad de decidir de qué modo queremos participar en el servicio a la evolución.
Urano nos lleva a un cambio drástico en la vida, un giro en nuestra trayectoria, ofreciéndonos la oportunidad de entrar a servir a un todo más amplio simbolizado por Neptuno, empleando las cualidades que acabamos de descubrir. Y todo ello para damos cuenta, finalmente, que el viaje es un retorno a nosotros mismos. Plutón tiene la función de mostramos el tesoro que hay en nuestro interior, aunque solamente seremos capaces de verlo cuando nos hayamos despojado de todo lo externo, cuando hayamos aprendido la lección del desapego.
Un hombre nace, y después de innumerables Lunas recorriendo el sistema solar, llega a un umbral en el cual no existen el tiempo ni el espacio, y se vuelve sobre sí mismo para encontrarse con la Fuente de donde vino, aportando la consciencia alumbrada por tantas y tantas Lunas. Entonces el hombre comprende que la Caída es el mayor acto de amor que se puede realizar. Porque la Creación necesita ser creada, y la consciencia necesita expandirse para crear. Los ángeles caídos llegamos por fin a Plutón, después de muchos viajes y un sinfín de vivencias, para confirmar que somos la Fuente experimentándose a sí misma.