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Por Silvia Ceres

El historiador británico Eric Hobsbawn denominó al siglo XX “el más corto de la Historia” pues a su criterio se inicia en 1914 –con el asesinato del archiduque austrohúngaro- y concluye en 1991 –con la caída del bloque socialista-. En verdad fue un período breve pero intenso.
Dos guerras mundiales, la llamada “guerra fría” con su constante amenaza nuclear, las luchas de liberación de las colonias europeas en África, Asia y Medio Oriente y el desmembramiento de la URSS, redibujaron varias veces el mapa mundial convirtiendo la geografía en una ciencia vertiginosa. A la vez que se rediseñaban fronteras, se abrieron debates en el campo político, social y artístico donde el concepto de ideolog& iacute;a ocupó un lugar protagónico en el discurso social.
Dentro de ese clima de intensas reflexiones, algunos intelectuales cuestionaron la Astrología.
Uno de ellos es Paul Feyerabend (1924/1994). Filósofo austriaco de la ciencia, su mente inquieta y curiosa lo lleva a estudiar distintas materias: arte, historia, sociología, física. En una primera etapa de su obra, sigue los lineamientos del positivismo [1] del Círculo de Viena. Posteriormente, luego de estudiar con Popper en Inglaterra, inaugura una época racionalista [2]. En 1959 encara una revisión crítica del empirismo [3] para llegar a fines del 60 a un pluralismo teórico buscando el mayor número posible de hipótesis alternativas. A partir de ese momento abrazará un relativismo [4] que lo llevará a sostener que la ciencia sufre cambios pero no progreso, hasta acuñar el concepto de Inconmensurabilidad o teor& iacute;as científicas disjuntas en tanto pertenecen a universos conceptuales incompatibles e intraducibles entre sí.
En su libro La ciencia en una sociedad libre [5], dedica un capítulo al “extraño caso de la Astrología”. Comenta allí un artículo de la revista Humanist de 1975 donde 186 destacados científicos de distintas áreas -incluidos 18 Premios Nobel- se declaran en contra de la Astrología.
A continuación compara la redacción de este manifiesto con una bula papal de 1484, encontrando un tono semejante de escandalizada preocupación porque amplias capas de la población creen en teorías desviadas de la “verdad”, es decir, del pensamiento oficial de la iglesia o la ciencia. Señala que Inocencio VIII conoce mejor la brujería que los científicos contemporáneos la Astrología.
A partir de allí su crítica toma dos carriles:
1 – Cuando un periodista de la BBC intenta entrevistar alguno de esos 186 científicos para profundizar sobre el tema del manifiesto avalado por ellos, todos se niegan diciendo que nunca habían estudiado Astrología e ignoraban sus argumentos.
2 – Enuncia una serie de investigaciones científicas de última generación que demuestran la incidencia de la actividad solar, lunar y planetaria en la alteración de procesos biológicos y químicos.
Finalmente, efectúa una crítica a los astrólogos por la carencia de inquietudes para llevar adelante investigaciones que permitan entrelazar conceptos tradicionales de su disciplina con la información que aportan los descubrimientos técnicos.

Encontramos otra mirada sobre el tema en Theodor Adorno (1903/1969), filósofo, sociólogo y musicólogo alemán. Su obra gira alrededor de la tesis de que la libertad debe ir unida a la ilustración, pero ésta a su vez debe ser sometida periódicamente a una crítica exhaustiva a fin de no caer en la despersonalización, peligro que surge de la tentación de subordinar el individuo al criterio de cálculo y utilidad.
Adorno escribe Bajo el signo de los astros [6], texto en el cual analiza el contenido del horóscopo publicado por “Los Angeles Times”, entre noviembre de 1952 y febrero de 1953.
Sostiene que pese a los argumentos “científicos” que emplean los astrólogos básicamente se limitan a ser una correa trasmisora de los valores dominantes de la sociedad. Bajo el pretexto del modelo autoritario de la dependencia humana a las posiciones planetarias, generan la dependencia al sistema hegemónico.
Señala que la cultura de masas incentiva el fanatismo en torno a las doctrinas individualistas y de la libre voluntad, pero paradó jicamente, disipa la auténtica libertad de acción. La libertad, consiste en última instancia, en la aceptación voluntaria de aquello que, en cualquier caso, es inevitable.

Una tercera opinión pertenece a Roland Barthes (1915/1980), crítico y lingüista francés. En su libro Mitologías [7] aborda los valores culturales (publicidad, turismo, automóvil, horóscopo) que elevados a mitos sirven para mantener la visión burguesa del mundo.
Así desde su perspectiva el horóscopo, lejos de abrir al universo del ensueño y la ilusión, duplica el mundo real dividido en compartimientos estancos: trabajo, hogar, vida sentimental.
De manera que el destino no altera grandemente la rutina cotidiana, en tanto sólo advierte sobre el riesgo de padecer un poco más de nerviosismo o aconseja tolerancia ante los pequeños inconvenientes del día a día.
Concluye afirmando que la Astrología es la literatura del mundo burgués, en tanto nombra o describe la realidad sin cuestionarla ni desmitificarla.

Por último mencionaremos a Zygmunt Bauman (1925), sociólogo polaco cuyo eje de reflexión se centra en lo que denomina “modernidad líquida”, un modelo contrapuesto al de la “modernidad sólida” que caracterizó el pensamiento del siglo XIX y más de la mitad del XX.
Según Bauman, la llamada post modernidad es un universo fluido, inestable, inasible, carente de formas y objetivos. De forma tal que lo importante no es el concepto de “post” como aquello que está más allá de la modernidad, sino el cambio en la percepción de la consistencia del mundo en que vivimos.
En su libro Amor líquido [8] describe las transformaciones actuales que colocan al ciudadano por fuera del marco de estructuras de contención -el empleo, la comunidad, los partidos políticos- y lo dejan a merced de un individualismo agobiante. Dice textualemte [9]:
“…los astrólogos de eras pasadas solían decirles a sus clientes lo que el destino inexorable, inapelable e implacable les deparaba, sin importar lo que hicieran o dejaran de hacer. Los expertos de nuestra modernidad líquida muy probablemente responsabilizarán a sus desconcertados y perplejos clientes.
Los consultantes verán entonces que sus angustias remiten a sus acciones e inacciones y deberán buscar los errores de su proceder: insuficiente autoestima, desconocimiento de sí mismos, conductas negligentes, apego exagerado a antiguas rutinas, lugares o personas, falta de entusiasmo por el cambio y reticencia a éste una vez que se ha producido. Los consejeros recomendarán más amor propio, seguridad y cuidado de uno mismo y sugerirán a sus clientes que presten mayor atención a su capacidad interior para el goce y el placer, así como menos “dependencia” de los otros, menos atención a las exigencias y mayor distancia y frialdad al calcular pérdidas y ganancias. De ahí en más el cliente deberá preguntarse con mayor frecuencia “¿me sirve de algo?” y exigir con mayor determinación de sus parejas y del resto que le den “más espacio”, es decir, que se mantengan a distancia y que no esperen ingenuamente que los compromisos alguna vez contraídos valgan perpetuamente.”

Cuatro enfoques, cuatro opiniones, algunas afirmaciones para incorporar al campo de la reflexión y otras al de la discusión.
Adorno, Barthes y Bauman claramente apuntan a la funcionalidad de la Astrología en relación con un determinado modelo político y social.
Concepto que en parte puede compartirse, pero que deja la escena con algunas zonas en sombras. El astrólogo, así como el psicólogo, el médico, el docente o el abogado son seres incluidos en un tiempo y espacio determinados y se encuentran atravesados por los discursos que conforman el entramado ideológico de su época.
No obstante, vale preguntarse por el sujeto de la cultura y la delgada línea que lo separa del propagandista que transmite valores sin un mínimo cuestionamiento. Por otro lado, puede discutírsele a Adorno y a Barthes que reduzcan la Astrología al fenómeno de los horóscopos masivos. Lo cual dice más sobre los medios de comunicación que sobre la Astrología en sí misma.
En cuanto a Feyerabend, cuestiona el discurso autoritario de la ciencia que determina aquello que es digno de ser pensado y lo que pertenece a la categoría de superstición o pseudo ciencia.
Por último no es un tema desdeñable el señalamiento de cierta teorizaci& oacute;n astrológica que prefiere seguir repitiendo viejos preceptos sin confrontarlos con nuevas investigaciones, que pueden enriquecerlos.
Recordemos el caso de Michel Gauquelin, aquel investigador que por los años 40 del siglo pasado resolvió utilizar la estadística para desenmascarar lo que designó “las patrañas astrológicas”. Para ello seleccionó 25.000 datos de nacimiento que organizó de acuerdo a profesiones: escritores, deportistas, militares, médicos, científicos. Luego de una ardua tarea, descubrió que las indicaciones astrológicas referidas a la vocación se cumplían ampliamente, muy por encima de la media esperada de acuerdo al cálculo de probabilidades.
Sus conclusiones fueron descalificadas arbitrariamente por el mundo científico que ni siquiera cuestionó alguna posible falla metodológica.
Los astrólogos recibieron con indiferencia las estadísticas de Gauquelin. Hasta hoy pocos conocen sus investigaciones y muchos menos aún siguieron el sendero de cruzar los conceptos astrológicos con conocimientos propios de otras disciplinas.
El por qué de esta negativa se escapa de los objetivos de este artículo, pero da pie para seguir pensando…


Notas:

[1] Teoría filosófica que acepta las verdades extraídas de la observación y la experiencia.
[2] Corriente filosófica que sostiene que las ideas surgen del razonamiento y no de la experiencia.
[3] Sistema que coloca en la experiencia el origen del conocimiento.
[4] Teoría que enuncia que el punto de vista del observador crea el fenómeno.
[5] La ciencia en una sociedad libre. Paul Feyerabend. Siglo XXI Editores. Madrid, España, 1982.
[6] Bajo el signo de las astros. Theodor W. Adorno. Editorial Laia. Barcelona, España, 1986.
[7] Mitologías. Roland Barthes. Siglo XXI Editores. México, 1980.
[8] Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Zygmunt Bauman. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, Argentina, 2005.
[9] Obra citada. Página 83.
   

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